Written by Elisa Hernando
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09 February 2009
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Hace unos días hablaba con una amiga artista y me contaba maravillada la historia de un coleccionista. El Sr. X, por eso de guardar su anonimato, es un entusiasta del arte, él se enamora de las obras de arte y las compra. Pero resulta que el Sr. X no es rico, es un funcionario de unos cuarenta años que para adquirir su pasión pide préstamos, tiene un apartamento sin sillón y su familia le echa la bronca por “gastarse dinero” en arte. Pero a él no le importa, asiste a ferias como ARCO, visita galerías, lee asiduamente revistas de arte y compra cuando cae rendido ante una pieza. El Sr. X disfruta con su pasión, el arte, y el artista quiere más coleccionistas así. Los últimos veinticinco años el arte ha experimentado una evolución hacia lo que llamamos economía de mercado donde los precios se rigen por las variaciones de oferta y demanda. En el momento que el precio del arte ha sido objeto de especulación, han entrado “inversores” dispuestos a enriquecerse a costa de comprar y vender. Muchos de estos “Sres. Y” no buscan el disfrute del arte, no se entusiasman colgando las obras en su casa u oficina, no les interesan asistir a ferias o galerías y, en muchos de los casos, compran un nombre pero desconocen la trayectoria artística y el lenguaje plástico del autor. Esta tendencia se ha acelerado durante los últimos cinco años en mercados, como el chino donde los precios de artistas, con un escaso curriculum, subían a 150.000 dólares durante las subastas. Pero esto un arma de doble filo.
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