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El debate sobre si subvencionar o privatizar varía en los países. En Estados Unidos los presupuestos gubernamentales son muy modestos frente a países europeos como Francia donde alcanza el 1% del total. Reino Unido se encuentra a medio camino siendo, fundamentalmente estatal pero complementado con donaciones privadas[1]. Es por tanto de interés analizar los planteamientos realizados por diversos autores a favor o en contra de esta postura.

En los debates sobre arte y cultura se suele despreciar el arte que se crea para el mercado calificándolo de «comercial». Se dice que esta forma de producción artística no puede evitar el mal gusto. La conclusión que se desprende es, pues, que el gobierno debe intervenir para garantizar la dignidad y la calidad del arte[2].En muchas manifestaciones del arte, sin embargo, el mercado es muy capaz de producir arte que los expertos consideran de alta calidad siguiendo el gusto popular.

El arte nuevo poco convencional se abre camino con la ayuda de «empresarios culturales», en el sentido en que emplea Joseph Schumpeter como aquel que apoya novedades progresistas con la esperanza de que aumente su demanda en el futuro. La esperanza de que un artista, hasta el momento desconocido, salte a la fama y que el precio de su obra aumente, explica la existencia de esta demanda especulativa en el terreno de la cultura. Concretamente, constituye un incentivo económico para el descubrimiento y la promoción de pintores y escultores desconocidos[3].

Tampoco debe excluirse a priori en otras áreas del arte y la cultura la «producción y financiación a través del mercado». En el caso de los teatros o museos de arte en el «mercado libre», los costes se cubren sólo con los ingresos de taquilla. La valoración de la representación corresponde únicamente al público asistente, como manda una de las premisas fundamentales de la economía de mercado. Si un establecimiento no consigue atraer clientes ya puede preparase a cerrar las puertas. En el mercado libre la empresa es flexible ya que no está sometida a limitaciones administrativas, y no intervienen expertos gubernamentales ni organismos burocráticos en la valoración del contenido de la oferta artística.

Claro está que el mercado también reduce considerablemente la capacidad de maniobra de los proveedores de arte y puede convertirse, aunque no necesariamente, en un obstáculo para la innovación. Esto parece que es lo que sucede en el caso, por ejemplo, de los grandes teatros de ópera americanos, administrados privadamente. Sólo sobreviven si las representaciones están casi enteramente vendidas (el Metropolitan por ejemplo, realiza sus presupuestos contando con una asistencia del 96%). Por lo tanto, las composiciones modernas suponen un riesgo que las excluye de un repertorio centrado en las obras de Verdi, Puccini, Rossini y Wagner[4].

El argumento fundamental contra la solución de financiar el arte exclusivamente a través del mercado es que, debido a la dimensión de «bien público» del «producto» artístico, el precio de mercado no compensa a los “empresarios” privados por toda la utilidad o beneficio que dan a la sociedad[5].

El aumento del apoyo estatal al arte y la cultura no tiene por qué identificarse con la concesión de fondos públicos adicionales. Son medidas que se llaman «facilitadoras del mercado», que gozan de la ventaja de no requerir la intervención de organismos públicos para juzgar la calidad de un «producto» artístico. Su fin es mejorar la creación y las condiciones de venta de los artistas y facilitar el acceso al arte de los consumidores.

Diversas medidas se han propuesto por autores de diferentes disciplinas. El examen y la flexibilización de las regulaciones administrativas y la eliminación de las restricciones burocráticas; las desgravaciones de impuestos a los particulares y empresas privadas que hagan donaciones a instituciones sin ánimo de lucro (Estados Unidos, por ejemplo, los contribuyentes pueden deducirse hasta un 50% de sus donaciones brutas a instituciones benéficas y culturales y las empresas hasta un 10%) y, por último, subvenciones en forma de una suma global sin referirla al resultado, a la inversión o a los precios. Según diversos autores permiten, por lo menos a corto plazo, la supervivencia de los artistas y de las instituciones que, de otra manera, habrían tenido que cerrar por razones comerciales. Son de especial ayuda en el caso de los grupos teatrales de artistas jóvenes que así pueden vencer las dificultades financieras iniciales. Si se les concede durante largos períodos y acompañadas de una obligación de devolverlas si el grupo obtiene un superávit. [6]

Otra opción son las subvenciones directas como un tanto fijo sobre las entradas, subvenciones en función del déficit previsto (que supone una negociación previa entre la institución y el estado) o una subvención mediante una cantidad fija no relacionada con las variables de gestión[7].

Por último, tendríamos opciones alternativas atendiendo a diferentes objetivos como bonos culturales a colectivos determinados (sobre experiencias relacionadas hay bastante literatura publicada) o estimar las externalizaciones totales que sobre la industria y el comercio tienen el conjunto de instituciones culturales y bienes de patrimonio histórico de un área o ciudad, y en función de ellas transferir un fondo de compensación que gestionaría un patronato común de las instituciones culturales.[8]

Sea cual fuere las medidas a adoptar, el planteamiento de si privatizar o no la gestión cultural sigue siendo un debate abierto a diferentes posturas.


[1] En EEUU en 1990 el gobierno a portó 900 millones de dólares complementado con 650 millones de donaciones. En Reino Unido 1,4 billones de dólares con una pequeña de donaciones. Ver Champarmaud et al (2008) Can public arts edutacion replace arts subsidization?. Journal Cultural Economics.32:109-126; Maresca, B., & Pouquet, L. (2000). “Les dépenses culturelles des Franc¸ais au milieu des anne´es 1990”Département des Etudes et de la Prospective ;

[2] Frey, B. (2000) “Economía del arte”. Colección estudios económicos. La Caixa

[3] Opus cit. Frey (2000)

[4] Martorella, R. (1977): “The relationship between box office and repertoire: a case study of Opera“, Sociological Quarterly, 18 (no. 2): 354-366.

[5] Grampp, W. (1986/87): “Should the arts support themselves? “. Economic Affairs, 6 (diciembre/enero): 41-43. Grampp, W. (1983): “On subsidizing art museums». Multicopia, University of Illinois, Chicago, mayo. Baumol, W. y Bowen, W. (1966): Performing Arts-The Economic Dilemma. Cambridge, MA: Twentieth Century Fox.

[6] Opus cit. Frey (2000)

[7] Dupuis, X. (1983) “La Surqualité: le spectacle subventionné maladie de la bureaucratie?”.En Revue Economique 34

[8] West, E.(1985) “Art Vouchures to replace grants”, Economic Affairs 6; Baumol, W. (1979): “On two experiments in the pricing of theatre tickets” en Economics of Human Welfare y Bridges,G.(1977), “Cultural Vouchures”, en Museum News 74

Comments (1)
no a la privatizacion de la cultura
1 Wednesday, 19 October 2011 14:46
vidal alicia
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no se debe vender el patrimonio provincial para conseguir ventajas para la comunidad,a dejado paso a la idea de aprovechar a la comunidad para beneficiar a uno solo.El estado provincial no debe retirarse como protector de la comunidad.laq decadencia llego de las manos de estos empresarios no se debe permitir que lo que se ha obtenido gracias al trabajo e investigacion de toda una sociedad en beneficio de uno o dos Srs.El arte es una delas formas de produccion del ser humano y el acto creativo de su espiritu e intelecto vive la realidad y la recrea

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